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Dimensión misionera de la santidad Stampa E-mail
Scritto da P. Bernardo Baldeón, imc   
Siempre dudé de que exista una “espiritualidad misionera”. Hay sustantivos en la vida cristiana a los que les sobra todo tipo de adjetivos.
Sin embargo, siempre pensé que se puede hablar de la “dimensión misionera” de la espiritualidad cristiana.
De la misma manera me parece equivocado ponerle adjetivos a la santidad. No tendría sentido hablar de una “santidad misionera”, pero sí se puede plantear el tema de la “dimensión misionera de la santidad”.
Hay algo específico que como misioneros, desde nuestra vocación y nuestra vida, podemos aportar a la reflexión y a la vivencia de la santidad.

Dos puntos base
Hace tiempo que como Iglesia nos venimos quejando del creciente secularismo. Habría que hacer necesarias diferencias entre secularización y secularismo, pero no viene al caso en este momento. Lo que sí es cierto es que uno de los mecanismos esenciales del secularismo es “desterrar” el mundo de la fe y de la religión al ámbito “individual”, como algo que sólo tuviera espacio en los niveles íntimos y privados de la persona. Con ello se evita cualquier incidencia de la religión en el ámbito social y político.
Si has leídos los artículos publicados en esta sección dedicada al “bienio sobre la santidad” podrás encontrar alguna definición o descripción de la santidad que dejan la sensación de no estar muy lejos de caer en la tentación de reducir la santidad al ámbito íntimo/personal, desconectándola del compromiso evangélico que implica en la construcción del Reino de Dios.
De caer en esa tentación le estaríamos haciendo el juego al secularismo. La dimensión misionera de la santidad nos ha de llevar a evitar reduccionismos.

Un segundo punto importante. Como comunidad IMC estamos presentes en cuatro continentes. Cada uno de ellos tiene su riqueza espiritual propia. En cada uno hay una reflexión teológica diferente y todas ellas son complementarias y se enriquecen mutuamente.

Como misioneros deberíamos saber recoger esa variedad y riqueza para ofrecer una visión amplia de lo que es la santidad, que en ocasiones puede tener, al menos en apariencia, aspectos contradictorios, ya que están encarnadas en situaciones, iglesias y continentes muy diversos en su historia y en su presente.
Para nosotros tiene un valor fundante la doctrina del P. Allamano. Su visión es fruto de una corriente espiritual, pero no fue esclavo de esa visión. Dentro de las posibilidades de su tiempo le dio una apertura, una dimensión misionera. A ese espíritu debemos ser fieles y desde la diversidad de realidades en las que vivimos enriquecer en concepto de santidad desde lo que las distintas iglesias aportan a nuestra vocación a la santidad.
Aquí quiero aportar algunos de los elementos que nos ofrece la espiritualidad latinoamericana.

Santidad desde América Latina
No se trata de hablar de una santidad distinta. Hablamos de la santidad común. La santidad del bautismo y de la gracia, de la oración y la penitencia, del amor y la ascesis. De la Eucaristía y el examen de conciencia…
Pero dentro de ese marco común, se trata de acoger, expresar y dar cauce a lo que el Espíritu ha ido suscitando en el continente latinoamericano, como riqueza para toda la Iglesia. Hacerlo explícito forma parte de nuestra vocación misionero.
Lo mismo, hecho desde otros continentes e iglesias, sería una forma de darle a la santidad una dimensión misionera.

Me limito a recoger ideas de pastores y teólogos latinoamericanos que señalan algunas características que nos pueden ayudar a enriquecer el concepto común de santidad.

1. Es una santidad que sale de sí misma y busca a los hermanos. No pone su objetivo en alcanzar la perfección propia, la perfección de sí mismo, sino en conseguir la «Vida en abundancia» (Jn 10, 10) para los hermanos. Es una santidad volcada toda ella fuera de sí hacia el Proyecto de Dios para nuestra historia… Una santidad que no huye de la lucha, ni de la modernidad, ni de la urbe… sólo que las afronta desde el Espíritu. Si éste pudo en Egipto, o en Nínive o en Babilonia… ha de poder en São Paulo, en Bogotá, en Lima o en Los Ángeles. Si Dios anda entre los pucheros, al decir de Santa Teresa, también anda entre los sindicatos, entre los partidos, en las reivindicaciones de los pobres.

2. Es una santidad en el mundo: en medio del mundo que Dios tanto amó (Jn 3, 16), el mundo al que Dios envió a su Hijo para salvarlo (Jn 3, 17), el mundo al que Dios nos envía (Mt 28, 19). Es una santidad del «estar en el mundo», siendo mundo, no siendo del mundo malo (que es lo que quería decir Jesús). Estando en el mundo con los pies bien puestos en la tierra, anhelando que el mundo sea otro, que el mundo se haga Reino… No es una santidad que trata de «salvarse del mundo», ni siquiera de «salvarse en el mundo», sino que trata de «salvar el mundo» y de salvarlo contando incluso con el mundo, en el sentido de que esta santidad no piensa que sean sólo los cristianos quienes salvan el mundo…


3. Es una santidad de las grandes virtudes: hace de la veracidad, de la lucha por la justicia y por la paz, por los derechos humanos, por el derecho internacional, por la transformación de la convivencia de los hijos de Dios, por la creación de estructuras nuevas de fraternidad virtudes mayores, que corrijan o completen aquellas virtudes clásicas más domésticas, individualistas, conventuales o espiritualistas… y que traduzcan más evangélicamente ciertas virtudes canonizadas de la formación burguesa…


4. No es una santidad que encierra a la persona en pequeñeces o en perspectivas alicortas. Es la santidad de las Grandes Causas: la Justicia, la Paz, la Igualdad, la Fraternidad, el Amor plenamente realizado y socialmente estructurado, la Liberación, el Hombre Nuevo y la Mujer Nueva, el Mundo Nuevo… Es decir, es la santidad de aquel que trata de «vivir y luchar por la Causa de Jesús».


5. Es una santidad contemplativa. La fe le da una visión contemplativa de la realidad. Le hace descubrir en ésta la presencia de Dios. En la oscura urdimbre del entramado histórico concreto del mundo sabe contemplar la presencia de Aquél que es y que viene, de Aquél que dirige la historia como su Señor. Sabe contemplar en la historia diaria la historia de la Salvación.


6. Se trata de una santidad-por-el-Reino, que se gesta en su esperanza activa, en la lucha por su llegada, en su construcción, en su espera escatológica «credibilizada» por realizaciones históricas; en la búsqueda de las mediaciones que lo puedan acercar… Si hasta tiempos muy recientes la espiritualidad hablaba de «vida de la Gracia», «vida sobrenatural», «búsqueda de la perfección», «cultivo de las virtudes (íntimas y privadas)»… la espiritualidad de la liberación latinoamericana habla de «Reino» como el punto de referencia absoluto, de «historia» como el marco en el que construir su utopía, de «realidad» como de su punto de partida y de destino, de «praxis de transformación histórica» como el compromiso que reclama, de «oración contemplativa encarnada» como la forma de percibir y captar el Reino en la oscuridad histórica, de «Liberación» como un sinónimo de Redención, de «los pobres» como sus principales destinata­rios… Es una santidad «al acecho del Reino».


7. Es una santidad desde un nuevo lugar social: desde el lugar social de los pobres. Durante siglos la santidad ha sido pensada (en la teología, en las Iglesias, en los monasterios, en los tratados ascéticos) como una realidad que hacía abstracción de toda ubicación social o polí­tica. El modelo de santidad cultivado era el modelo monástico, un modelo pretendidamente apolítico y ahistórico, aunque muchos de aquellos monjes ‑haciendo una u otra política‑ dirigieran cruzadas, reformas agrarias y transformaciones económicas y educacionales. Y de hecho, los cristianos a quienes se les ha reconocido pública y eclesiásticamente santos han formado parte mayoritariamente de una determinada clase social. La santidad política se ubica, consciente y críticamente, en el lugar social de los pobres


8. Es una santidad inteligente, que quiere practicar un amor inteligente, eficaz, que analiza las situaciones, valiéndose de herramientas analíticas y de mediaciones ideológicas, utilizadas siempre con el necesario sentido crítico. Es una santidad inteligente que trata de ir a las causas y a las estructuras, no sólo a los síntomas o a las coyunturas, que no quiere dar como caridad lo que es de justicia. Es una santidad inteligentemente «interdisciplinar», no estrechamente clerical, o pacatamente eclesiástica, o pusilánimemente piadosa.


9. Es una santidad que toma muy en serio el sacerdocio de todos los cristianos y lo lleva hasta sus últimas consecuencias, porque tradicionalmente había sido entendido en un sentido muy eclesiástico, espiritualista, espiritualizado («consecratio mundi»: por la recta intención, por la elevación del corazón, por la presencia cuasisacramental de los cristianos en el mundo…). Pero no hay consagración verdadera si no hay transformación real. Una consagración que dejara el mundo como está, legitimándolo religiosamente, sería una blasfemia. La verdadera consa­gración del mundo implica su transformación real y concreta en dirección al Reino de Dios…


10. Es una santidad de esperanza activa, que sabe superar el derrotismo de los pobres ante el status quo, ante el poder constituido, ante el capitalismo y el imperialismo que se recomponen, ante la ola de neoliberalismo, ante la avalancha del capital contra el trabajo, del Norte contra el Sur… Es una santidad que sabe soportar las horas oscuras para los pobres, que sobrelleva la ascética de la esperanza contra toda esperanza. Es una santidad que sabe que nunca llegaremos en esta tierra a la realización total de la utopía que soñamos (el Reino), y que ninguna realización concreta, ninguna mediación ha de ser confundida con la meta. El Reino es siempre más, y mayor, y siempre está más allá.


11. Es una santidad ecuménica, que sabe sumar fuerzas con todos los que luchan por esas Causas mayores, creyentes y no creyentes, cristianos y no cristianos, cristianos de una confesión y de otra… Porque no pierde de vista su objetivo y su Causa central mayor: ¡el Reino!, ¡que tengan Vida y la tengan en abundancia! (Jn 10, 10).


(Estas notas están basadas en libro de Mons. Pedro Casaldáliga: “Espiritualidad de la Liberación”)
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Domenica Missionaria

II domenica Avvento - B
san giovanni battista

Ecco, io mando il mio messaggero
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Missione Oggi

La opción por el pobre después de Aparecida: Confirmación, desafío, y búsqueda
INTRODUCCIÓN
 
El objetivo de la ponencia que les voy a compartir es triple:
 
Primero: mostrar cómo Aparecida tiene el inmenso valor no solo de confirmar ( G. Gutiérrez emplea el término de reafirmar) el valor y el sentido de la Opción por el Pobre, expresión que empezó a utilizarse en la Teología desde la Conferencia de Medellín y que popularizó y divulgó la Teología de la Liberación, sino sobre todo, de poner un punto final a las discusiones, ambigüedades, diversidad de interpretaciones que suscitó esa expresión y sobre todo de mostrar el valor fundamentalmente evangélico de la manera de pensar y de actuar que conllevaba la práctica de esta Opción por el pobre.
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