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Scritto da P. Daniel Bertea, imc   
Cuando el Allamano vuelve de la beatificación del Cafasso, rápidamente toma una lapicera y se pone a escribir a sus misioneros y misioneras en Italia y en África, dejando florecer su tierna paternidad. Les comparte lo que ese hecho significó, pero sobre todo aquí nos interesa la manera cómo comparte lo que está viviendo. Reconoce que su corazón está lleno de alegría y que tiene que compartir y abrirse con los demás con un corazón paternal, beneficiándolos a quienes lo escuchan de su propia experiencia.

Pero... ¿ fue simplemente una alegría externa momentánea? ¿De qué cosas se alegraba? ¿Desde allí en adelante en qué cosas fue insistiendo?

Ofrezco esta pequeña reflexión, por si nos puede ayudar en este tiempo de cuaresma, para recordar el testamento de Jesús, el Misionero del Padre, a quien seguimos y con quien seguramente queremos en un cierto sentido identificarnos, aquél que nos amó hasta el final y que también habló y nos sigue hablando a través de nuestro Fundador, el Beato José Allamano.

Leyendo el último capítulo del libro de P. Giovanni Tebaldi, “La mia vita per la missione – Giuseppe Allamano” y por otro lado el capítulo 17 del evangelio de Juan nos damos cuenta de los puntos de coincidencia que existen entre las palabras de Jesús a sus apóstoles y las palabras explícitas e implícitas de nuestro Padre Allamano hacia sus misioneros y misioneras.

En un primer intento, la lectura de Juan 17 nos resultará una lectura muy conocida, y aún así, no dejará de invitarnos a una y otra reflexión. Y si hacemos una exégesis de lo que realmente quería decir Jesús con sus palabras... ¡cuánta sabiduría podemos extraer de dicho texto! Inmediatamente nos damos cuenta que no son palabras ni de luto ni de despedida, sino que invitan a un compromiso entre los hombres, a una oración de intercesión y a un pedido de protección para dichas personas.

Vayamos paso por paso.

Jesús inicia pidiéndole al Padre que lo glorifique (v. 1). Ciertamente el Allamano nunca hubiera hecho las cosas para ser glorificado. Justamente por un lado, haría todo para la Mayor Gloria de Dios; y por el otro lado, insistiría como bien sabemos que el bien hay que hacerlo bien y sin ruido. Sin embargo, nos consta también que a partir de la claridad de meta que tenía durante su formación, su entusiasmo y dedicación tanto durante su formación como durante su servicio sacerdotal, le daban una santa serenidad que no le causaba ningún remordimiento: simplemente estaba seguro de haberlo dado todo a Dios primero y a nuestros misioneros después, y por eso nunca dudó en que marcharía hacia el paraíso y desde allí bendeciría a sus misioneros; así como también desde allí, así dice él, les llamaría la atención cuando fuera necesario. Le decía a sus misioneros: “Vean, este poco de vida que todavía me queda es para ustedes. Les he dado todo”.

Relata P. Tebaldi que cuando llegó el momento del adiós, en realidad él lo esperaba sin fatigarse, pero con las ansias de quien espera su salario después de un día de duro trabajo, y agrega las palabras del Allamano: “No me merezco el infierno, gracias a Dios –decía- ni siquiera el purgatorio. Busqué siempre de enmendar mis defectos; estoy contento. Hace falta poco para ir en paraíso”.

Sería injusto de nuestra parte pensar que el Allamano fuera presuntuoso. Sin duda los méritos para llegar a esa comunión plena con Dios no se basa en lo que hizo sino en la comunión con Dios, en la experiencia de la protección de María, la Consolata, y en la gracia de Dios; y de parte suya, el haber buscado e intentado hacer siempre la voluntad de Dios. Cuando el 7 de Octubre de 1990, Juan Pablo II lo declara Beato, elevándolo así a la gloria de los altares, todos sentimos que nuestro Fundador había sido glorificado. Todos coincidimos que esto no es ni más ni menos que un reconocimiento a Dios mismo por lo que Él obró en el Allamano. Sin duda, lo que la Iglesia celebró aquél día, que para nosotros era como un “ha llegado la hora”, el Allamano ya lo vivía desde aquel 16 de Febrero de 1926. Aquella era para él verdaderamente “la hora” en que el Padre lo glorificaba, la hora en la que con Jesús se unían cara a cara.

Dios y la Iglesia lo han glorificado y nosotros nos alegramos porque como dice Jesús, el poder de Dios se manifestó en Él (en Jesús y en el Allamano) para comunicar la vida eterna a todos aquellos que se le confiaron (v. 2). ¿Acaso no fue éste el objetivo al fundar nuestras familias misioneras?: Que todos los hombres lo conozcan.

El Beato sin duda creyó cumplir siempre la voluntad de Dios. Supo esperar por años, cuando las aprobaciones no llegaban, hasta el 1901 para poder fundar el Instituto. Y más tarde diría que “esa era la voluntad de Dios”, así como también tomó como claro signo su curación, bajo la obligación de llevar adelante la obra, tal como lo había prometido a la Consolata. También para él, era un “cumplir con la obra que Dios le había encargado” (cfr. v. 4)

Creo que podríamos pensar, sin exagerar, que aquellos que fueron entregados a Jesús (cfr. vv. 6-8), son los misioneros y misioneras que pasaron por las manos del Allamano; así como actualmente, también nosotros. ¿Acaso nuestros misioneros en el pasado y hoy nosotros, no intentamos hacer caso de su palabra? Por supuesto que si no es así, tendríamos que preguntarnos sobre nuestro accionar.

Como decía anteriormente, también el Allamano nos prometió rezar por nosotros desde el cielo. (vv. 9-11a). Era la continuación de la oración que ya hacía desde el lecho de enfermo: “Rezo por ustedes –le decía a las hermanas de la Consolata que lo asistían- rezo por todas ustedes, por todos los misioneros... ésta es mi constante preocupación... no puedo hacer otra cosa”.

El versículo 11b inicia un tema que siempre estuvo en el corazón del Allamano, que lo vivió durante su vida en su familia primero, durante su formación después, luego como Rector del seminario, hasta que insistió incansablemente a sus misioneros. Jesús le pide al Padre que todos sean uno como ellos son uno (cfr. v. 11b, 21-23). Sabemos que la experiencia familiar del Allamano lo hizo más un hombre de casa –recordemos la muerte de su papá a temprana edad, la enfermedad de la mamá, el sufrimiento de su hermano y otros familiares- lo que sin duda fortaleció su espíritu de familia, en el sentido estricto de la palabra. Y es tal vez a partir de allí, que siendo Rector insiste que el Colegio no sea un Seminario sino que sea una “familia”, y demás está decir cuánto le pidió esa unidad a los misioneros y misioneras; lo cual, traducido de muchas maneras, nos invita a vivir en unidad de intentos y trabajo. Una unidad que no es sólo eficiencia –la cual a veces es cierta y otras veces aparenta provocar una demora en el desarrollo de las actividades- sin embargo, es un signo evangelizador en sí mismo, y el testimonio más grande de un Dios que es comunión. Si nos queda alguna duda, es suficiente que veamos algunos documentos sobre la misión como Redemptoris Missio, así como aquellos sobre la Vida Consagrada -como Vita Consacrata y Caminar desde Cristo- para darnos cuenta cómo antes de pensar en la misión, hay una fuerte atención a la comunión.

P. Tebaldi recuerda que esa unión implica una acogida, donación, estima recíproca, soportarse pacientemente, corrección fraterna, animándose mutuamente en hacer el bien. Y reporta las palabras del Allamano: “En una Comunidad no basta hacerse santos por sí mismo; no basta estar allí como estatuas, pero no hacer santo a los otros haciéndolos que soporten sus propios defectos”. Y continuaba, “Cada uno debe pensar en sí mismo y en los otros... Todo el bien que se buscan a sí mismo, busquen de hacerlo a vuestros compañeros... Quisiera que cada uno haga el bien, goce y sufra con el compañero”. “Amar el prójimo más que a sí mismo: este es el programa de vida del misionero”.

Esta unidad se traducía también en el amor por el Instituto: “Hace falta justamente amar nuestro Instituto, y pensar bien a pesar de todos los defectos que podemos tener, que por otra parte los encontramos en todos lados”. “Pidamos aumento de caridad. De amor de Dios que nunca es suficiente... Para un misionero debe existir en grado máximo. Si no llegamos al punto de amar más el alma de aquellos africanos que mi propia vida material... Tratar de llegar a ser verdaderas Samaritanas sea espiritualmente como materialmente”.

Es el deseo de Jesús que los suyos tengan “plenitud de [mi] alegría”. (cfr. v. 13). Así también el Allamano animaba continuamente a sus misioneros para que estén contentos con su vocación, y para que sigan con coraje, a pesar de las dificultades. Con una gran intensidad espiritual, era capaz de superar las adversidades y en medio de ellas, también seguir adelante. Les recuerda a sus misioneros que han recibido una vocación muy digna. Dignidad que está basada, según el Allamano, en que compartimos la misma vocación de Jesús, un Jesús misionero, y que luego se traduciría en un compartir la gloria misma de los apóstoles, aún en el Paraíso. El versículo 18 es un versículo al cual él mismo hace referencia en sus conferencias sobre la vocación misionera y que resulta clave para esta interpretación dada por el Allamano.

Siguiendo adelante, cuando Jesús, humilde como en aquella última cena, pero sumo y eterno sacerdote, como lo plantea la carta a los Hebreos, ruega también “por todos aquellos que por su palabra creerán”, ¿no estamos frente a un José Allamano que intercedió y sigue intercediendo no sólo por nosotros, sino por tanta gente a lo largo del mundo? ¡Cuántos favores mucha gente ha recibido por su intercesión! Bastaría mencionar el caso que lo llevó a ser reconocido Beato, pero seríamos injustos si no dejamos el espacio abierto a los cientos de casos que atestiguan su protección, lo que nos habla de su comunión compartida con el Padre en este momento.

Y ya llegando al final, Jesús tampoco asume humanamente su autoría de lo que hizo, sino que admite que a través de su misión, quienes el Padre le había dado “han conocido que [Dios] lo había enviado” (cfr. v. 25), así como también lo hizo el Allamano creyendo e invitando a creer en la autoría de Dios tanto en el llamado como en la respuesta; una respuesta pronta, generosa y alegre a Dios antes que nada.

“Y yo estaré en ellos” (v. 26). ¿No sentimos arder nuestro corazón que se renueva en un celo por la misión, en su intercesión por nosotros? Una intercesión que sin duda no la hace separada de la intercesión de María, la cual también adquiere su plenitud en la comunión con Jesús, el único y verdadero intercesor ante el Padre.

Y ahora, si se animan, los invito a hacer un ejercicio. Pensar en que no es Jesús el que está hablando, sino nuestro Padre José Allamano. Tratemos de leerlo una y otra vez bajo esa perspectiva. Y sin querer, cada vez que lo leamos, nos podemos preguntar: ¿acaso no se asemejan más esas palabras a las palabras e ideas del Allamano?

Con esto no quiero que le sustraigamos a Jesús ni su importancia ni su palabra, sino justamente poder percibir cómo esas palabras, el Beato José Allamano las encarnó en su vida y las transmitió a sus misioneros y misioneras.

De ninguna manera quisiera restarle importancia ni a Jesús ni a nuestro Padre y Fundador, pero creo que expresan aquella comunión fundamental entre uno y el otro, comunión que conoció horas de oración y adoración del Padre Allamano desde aquél balcón mirando a la Consolata y al Tabernáculo; tantas misas celebradas como si fueran la primera, la última y la única; tantos sacrificios por la Iglesia local y por sus misioneros. Pero siempre convencido de que era obra de Dios y de la Consolata.

Bendigamos a Dios por habernos dado como Padre de nuestras familias misioneras a un verdadero Hombre de Dios, quien hizo suyas en su vida las palabras de Jesús.
Que Dios los bendiga a todos.
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Sinodo: Interventi dei padri sinodali
(dall'inizio fino al giorno 11 ottobre)

- S.E.R. Mons. Joseph VÕ ĐÚC MINH, Vescovo Coadiutore di Nha Trang (VIET NAM)

1. La Chiesa di Cristo in Vietnam, dopo l’accoglimento del Vangelo nel 1533 e, soprattutto, dopo la nomina dei primi tre Vescovi nel 1659, ha percorso un cammino pieno di croci. Attraverso gli alti e bassi della loro storia, i cattolici vietnamiti, come gli ebrei al tempo dell’esilio, hanno compreso che solo la Parola di Dio permane e non delude mai.
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