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| Santidad en y desde la misión |
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| Scritto da p. Jochem Vilson, imc | |
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Reflexionar sobre el llamado a la santidad, desde donde nos ubica la vida religiosa y la misión, parece ser cada vez más necesario y urgente, pues las realidades que nos dispersan, nos distraen de la fidelidad al Evangelio son significativas y, por eso, también nos distraen de la fidelidad al pueblo con quienes vamos construyendo la vida – vida de fe y vida humana. Me parece conveniente traer a colación la reflexión que hace Monseñor Casaldáliga sobre la necesidad de optar por el pueblo con quienes vamos construyendo camino de fe: “Para que caminemos honestamente, evangélicamente, con el pueblo, debemos ajustar con discernimiento y generosidad nuestras actitudes. Vallan unos consejos que nos pueden ayudar: a) Descubrir el pueblo: aproximarse a él, escucharlo, respetarlo en su ser, en su cultura, en su ritmo, en sus límites, en sus urgencias. Valorarlo, creyendo en él, “dándole” espacio (ayudándolo a que lo tome) para que se vuelva protagonista en la sociedad, en la iglesia, sujeto incluso de su historia.
b) Estar con el pueblo: cerca, hasta físicamente, y en la medida de lo posible, porque el lugar hace el lugar social y pastoral. Encontrándose con el pueblo, comulgando con el, en su cultura, en su pobreza, en su religiosidad, en su hospitalidad, en sus sufrimientos, en su alegría.
Lógicamente, perdiendo status, saliendo de ciertos privilegios, de ciertas estructuras, yendo a la periferia, al margen, a la frontera; para el desierto donde nadie va; para la frontera de las nuevas situaciones y desafíos; para la periferia, largo del poder y de la seguridad. Viviendo “como” el pueblo.
c) Tomar partido por el pueblo: Por sus dolores, sus reivindicaciones, sus causas, sus luchas y sus organizaciones.
d) Contribuir específicamente con nuestro “capital” propio: de evangelio, de teología, de ciencia social, de pedagogía, de experiencia militante, de información… Contribuir accionando las varias mediaciones socio –político –económico - culturales, que podrían estar al menos al alcance del pueblo. Ser fermento, luz y sal. Mas que “la conciencia critica de la humanidad”, como afirmaba Congar con respecto a la iglesia, debemos ser la conciencia evangélicamente critica de la humanidad.
Presencia del evangelio, alianza sincera, solidaridad fraterna, suplencia oportuna y provisional, servicio gratuito, diaconía del Reino. e) Ejercitando, entonces, en medio del pueblo, estas actitudes fundamentales: -actitud evangélica (de fe, de disponibilidad, de misericordia, de conversión constante, de kénosis o despojamiento, de “esperanza esperanzada” (I. Ellacuría); -actitud pastoral (de servicio, de animación, de evangelización, de eclesialización, sin proselitismos o fanatismos, sin embargo);
-actitud política y politizadora (ante las estructuras, en la coyuntura concreta y diaria);
-actitud pedagógica, metodológica, de acompañamiento (“la pastoral del acompañamiento”).” Por otro lado, para nosotros, hay más elementos fundamentales, para el camino de santidad, que únicamente la opción clara y decidida por el pueblo con quienes trabajamos. Están también la vida en comunidad (vida Fraterna), pues somos llamados a hacernos santos con los hermanos, o sea, a ser santos juntos, en compañía de los hermanos y hermanas en la vida consagrada. Para eso nos hacemos religiosos. La vida en comunidad nos enseña a hacer camino de escucha, de diálogo y de paciencia. De escucha a herman@ en sus propias necesidades, en sus desahogos; en saber que aquel que está viviendo y haciendo vida con él, es alguien en quien se puede confiar, es alguien con quien puede compartir su vida, más que solo su trabajo. De diálogo en el cual se pueden confrontar los ideales, la visión de la misión y del quehacer misionero. Diálogo que permite ir compartiendo la vida, confrontando los proyectos, revisándolos, reflexionándolo y sobre todo, leyendo evangélicamente los acontecimientos de la pastoral. Entonces es un diálogo que se hace oración y en la oración encuentra su sentido y su fuerza. De paciencia. Los ritmos de cada uno son muy distintos. La paciencia se vuelve fundamental para que se pueda respetar el ritmo del otro y para que juntos se pueda ir construyendo un nuevo ritmo, según el mismo ritmo de la gente lo vaya pidiendo. También creo que hoy la santidad en la vida ordinaria de la misión no se hace sin el trabajo en equipo. Ya pasaron los tiempos en que se podía hacer todo solo, ahora es la hora de hacer con otros. Hacer comunidad de vida y trabajo es más que dividir funciones, es estar, hacerse atento al otro. Estar atento a los signos de la comunidad. En el compartir las experiencias personales, pero también de la acción misionera, nos ha ayudado a enriquecernos mutuamente y a reconocer las equivocaciones, pero sobre todo a no tomar decisiones aisladas, a creer en el otro en cuanto camino de discernimiento y apoyo en la vida y en el camino. En este tiempo que hemos estado viviendo en Nabasanuka, nos ha enseñado mucho en este sentido. Falta mucho por aprender, pero, creo que haciendo camino de fe y confianza en Dios y en el hermano y hermanas, vamos descubriendo a Dios actuando en medio a nosotros. |
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