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| Oración misionera y vocación a la santidad |
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| Scritto da P. Bernardo Baldeón, imc | |
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Líbranos de la tentación
de creer que somos los únicos llamados a la santidad La oración como realidad humana Pasaron ya seis años. Estaba en un barrio porteño de Buenos Aires charlando en la casa de un amigo que es agnóstico. Le había planteado las dudas que tenía acerca de una decisión que debía tomar. Aspiró hondo de su pipa y me dijo: “Eso tendrías que rezarlo”. En ese momento sonó el timbre. Era una de sus hijas que volvía a casa. Me quedé solo un par de minutos en la pequeña habitación cargada de humo. Apenas entró le dije: “¿Cómo tú, que te dices agnóstico, me dices que tengo que rezar”. Su respuesta me dejó en silencio: “Mira –me dijo- para mí rezar es la capacidad que tiene toda persona de encontrarse con las raíces más profundas de sí mismo, con ese fondo más sano y más auténtico de sí mismo”. Se me quedaron grabados los detalles de aquella charla. Esa tarde comprendí que la oración es, antes que nada una realidad antropológica. En algún momento toda persona se siente empujada a encontrarse con la roca, el fundamento sobre el que asienta su existencia, a reencontrarse consigo misma en presencia del absoluto de su interior –su parte más sana- y rastrear fuera de sí ese absoluto, rastrear sus huellas en la realidad histórica, en la vida diaria. Ese encuentro es una forma de “oración”, de “contemplación” en el sentido amplio de la palabra. Orar es, en este sentido algo humano, muy humano, profundamente humano que responde a una necesidad antropológica fundamental. Más allá de cualquier especificación religiosa, la oración es una vuelta a las raíces personales, al propio absoluto, aunque a éste no le demos nombre. Si en algún momento perdemos de vista esta base antropológica se desmoronarían todos nuestros montajes de oración. La oración cristiana Cuando lo íntimo de nosotros mismos, nuestro absoluto se vive desde la fe en un Dios personal, la oración se convierte en algo religioso. El hecho de que sea religiosa no quiere decir que nuestra oración sea cristiana. La oración cristiana no hace referencia a un Dios genérico y abstracto, sino a un Dios concreto: el de Jesús, el Dios cristiano, que es el Dios del Reino. Todos conocemos de sobra las “catequesis” de Jesús sobre la oración, y no vamos a insistir en ello. Pero sólo en dos ocasiones nos dan a conocer los evangelios el “contenido” de la oración de Jesús. Una cuando alaba al Padre porque “ha dado a conocer los misterios del Reino a los pequeños” (Cf. Mt. 11, 25-26 ), la otra cuando en el Huerto de los Olivos pone la voluntad del Padre por encima de la suya “aceptando entregar su vida por todos los hombres” (Cf. Mt. 26, 39 ). Son oraciones de alabanza y de entrega, y en el objeto de su oración están: el Reino y la Humanidad. En mi opinión, son esas dos palabras las que definen a la oración como “cristiana”. Lejos de la concepción de un “Dios-en-sí” que nos aísla de la realidad y nos enemista con el mundo. Rara vez en nuestras “programaciones pastorales” entra la “pastoral de la oración”. Como mucho daremos espacio a grupos o movimientos cuya actividad se centra en la oración. Pero ¿se trata siempre de una oración “cristiana” o de una oración meramente religiosa y quizás alienante? Como pastores no sólo debemos vivir la oración, sino “enseñar a orar”, de ahí la importancia de la pastoral de la oración. Espiritualidad y oración La oración forma de la espiritualidad, pero ésta es más que la oración. Parece una obviedad, pero hay gente que reza mucho y tiene poca espiritualidad cristiana. Esto ocurre cuando la oración está desligada de la historia. Entonces las personas corremos el riesgo de caer en la tentación de “máquinas que rezan” y multiplican “actos de piedad”. Cierto que la espiritualidad depende en gran medida de la oración. Pero tendríamos que hacer un serio examen sobre qué tipo de oración hacemos; especialmente al servicio de qué Dios y de qué Causa oramos. ¿Hasta qué punto nuestra oración nos lleva a compartir la compasión de Dios? ¿Hasta qué punto nos hace com-padecer con Dios y con los hombres? ¿En qué medida nos hace entrar en la historia de salvación que hoy se desarrolla entre las personas con las que vivimos y trabajamos? Si nuestra oración está lejos de esos parámetros, tendremos motivos para poner en duda la autenticidad de nuestra espiritualidad, por muchas horas que dediquemos a rezar. La dimensión universal Según algunas “líneas de la tradición cristiana”, y aunque no siempre se ha dicho de forma explícita, pareciera que a las personas, según su “estado”, se les pidiera diversos niveles de oración, espiritualidad y santidad. La afirmación del P. Allamano: “antes santos, después misioneros” es incuestionable. No se puede pretender evangelizar si no es desde la santidad. Cabría aquí una amplia reflexión sobre la distinción entre “santidad” y “perfección”, conceptos que con frecuencia se han identificado y que poco tienen que ver uno con otro. Nos vamos a entrar en ese punto, señalaremos simplemente que quien no asume su limitación y su imprefección se cierra en gran medida su camino hacia la santidad cristiana. Lo cierto es que durante siglos la santidad se ha considerado como algo “difícil” de conseguir y “reservado a unos pocos”. Por fortuna, el Vaticano II universalizó para todos, oficialmente, lo que en otros tiempos estuvo como reservado a sólo algunos: la llamada universal a la santidad (LG 39-42). No estaría de más que volviéramos a los textos conciliares a fin de no caer en un reduccionismo del concepto de santidad y pedirle a Dios: “líbranos de la tentación de creer que somos los únicos llamados a la santidad”. La oración misionera Una oración misionera tiene, desde mi punto de vista, dos puntos focales. Por un lado la base antropológica de la que hablábamos al principio y que podemos resumir en aquella pregunta de Thomas Merton: “¿Qué ganamos con navegar hasta la luna si no somos capaces de cruzar el abismo que nos separa de nosotros mismos?”. Es el camino hacia la interioridad. En el otro extremo: la vocación universal a la santidad. No se trata de que yo llegue a ser santo, sino de que “todos” alcancemos la santidad. Y ese compromiso pasa por el compromiso con la construcción del Reino. Es el camino hacia la universalidad. Justamente en la medida en que nuestra oración es capaz de unir interioridad y universalidad, se hace auténtica oración misionera. Entre ambos puntos hay muchos aspectos, realidades y matices. Cada uno de nosotros, desde nuestra experiencia misionera puede señalarlos. Sin duda los podemos reconocer en nuestra propia experiencia y en la vida de las personas y comunidades con las que trabajamos. Pero es importante que no perdamos nunca de vista los dos puntos de referencia. |
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