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Vivir en santidad PDF Stampa E-mail
Scritto da P. Francis Njoroge, imc   
El deseo de Cristo Jesús es que todos seamos perfectos como él y su Padre son perfectos; que seamos santos como ellos lo son. Todos estamos llamados a la santidad y para eso hemos sido creados, a ser imagen de Dios reflejando con nuestros actos y obras la perfección de Dios aquí en el mundo que nos toca vivir. Por eso la llamada a la santidad no es una tarea de los sacerdotes, obispos, del Papa o de los religiosos solamente sino una tarea de todos. Es decir todo hombre, toda mujer, todo joven y todo niño de toda época, en todo estado de vida, condición, grado de talento y profesión, todos sin ninguna excepción estamos llamados a la santidad.

Yo personalmente siento que estoy llamado a la santidad como cristiano, como misionero, como religioso y como sacerdote porque Dios me ama y me amó antes de que yo existiera, soy precioso para Él y a Él pertenezco.

Dios mi creador quiere que yo sea como Él. Soy su hechura creado en Jesucristo para realizar las buenas obras que Él nos señaló de antemano como norma de buena conducta (Cf. Efesios 2:10). Al mismo tiempo San Pedro nos recuerda que Él que nos llamó es santo y por eso tenemos que ser santos en toda nuestra conducta (1 Pedro 1,15).

ÉL desea que yo sea como él: santo.

¿Cuándo? Naturalmente él me quiere santo pero no mañana sino: ¡Ahora! Hoy — en este momento, mañana y siempre porque ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación y ésta viene de santidad.
¿Dónde? Aquí donde me encuentro en este momento. En mi apostolado, en el descanso, en mi comunidad y en todas partes donde sea que me encuentre. Estoy llamado a practicar la santidad en todos lugares.

¿Es esto posible? Naturalmente esto no es fácil, en el mundo en el cual habitamos hoy se hace cada vez más y más difícil vivir la santidad. Así que es bastante difícil pero no es imposible. Estoy convencido que es solamente con la gracia de Dios que yo puedo vivir en santidad. Sin este don gratuito de Dios en vano serán mis esfuerzos.

La vida comunitaria me ayuda en este esfuerzo. También la vida sacramental: la confesión y la comunión son otra gran ayuda. La oración personal y comunitaria me fortalecen. También la sagrada Escritura, la caridad y la dirección espiritual me ayudan en este compromiso de vivir en santidad.

El mundo de hoy y la realidad donde me encuentro en este momento desafían mucho la vivencia de santidad. Casi todo el mundo relativiza todo… parece como que no hay valores absolutos, la palabra santidad no existe en el vocabulario de muchos. Vivimos en un mundo lleno de tentaciones que desafían la vivencia de la vida en santidad. Esto me hace sentir como San Pablo, siento que llevo este tesoro en vasos de barro (2 Corintios 4,7) y necesito cuidarlo celosamente.

Para mí la santidad es para todos los momentos de mi vida. Nunca pondré decir que he llegado. Tengo esforzarme cada segundo de mi vida y en cada lugar donde me encuentre. Tener mucha fe y esperanza en Él, Dios único santo y perfecto, que me llama siempre a la perfección.

Esto tomará todo el tiempo de mi vida. De momento a momento — de oración a oración — de día a día. Digo con San Pablo: "No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago, olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante" (Filipenses 3,12-14). En una palabra tengo que seguir caminando por el mundo realizando con gozo la voluntad de Dios, en fe y en verdad.

Tengo que seguir siendo fiel a mi estado de vida; religioso, misionero y sacerdotal. Aprovechar la fortaleza que los sacramentos me ofrecen. Leer la palabra de Dios y otras lecturas espirituales. Orar mucho y con mucha fe para no caer en tentación. Más dirección espiritual. Elegir siempre a Dios por encima de mí y de todos. Tratar de imitar a Jesús más y más. Visitar a Jesús frecuentemente en el Santísimo Sacramento y practicar la virtud. Confiar siempre en la misericordia del Padre donde está mi fortaleza, en el poder del Espíritu e invocar siempre la maternal intercesión de la Santísima Virgen Consolata, nuestra Madre. Que Nuestro Fundador, Beato José Allamano me acompañe en mi tarea de ser santo como él siempre lo deseo para todos sus misioneros.

P. Francis Njoroge, imc
Comunidad de Barlovento
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