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| Scritto da Luis Ventura, LMC | |
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“En realidad, este mandamiento que hoy te doy
no es difícil ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo para que puedas decir: ‘¿Quién subirá al cielo por nosotros para cogerlo? ¿Quien nos lo enseñará para que lo podamos cumplir?’. Ni está del otro lado del mar, para que puedas decir: ‘¿Quién atravesará el mar por nosotros para cogerlo? ¿Quién nos lo enseñará para que lo podamos cumplir?’. Al contrario, esta palabra está bien a tu alcance, está en tu boca y en tu corazón, para que la puedas cumplir’’ Dt, 30, 11-14 Para comenzar, reconozco que no es fácil escribir sobre un tema como la Santidad de Vida. Por lo menos no es fácil hacerlo sin caer en la tentación de los tópicos. Y tampoco es común pararse a leer sobre esto. Hablar de Santidad de Vida se nos presenta normalmente como algo escurridizo y lejano. Hemos conseguido, infelizmente, relegarla al escenario de lo inalcanzable y, por tanto, de lo innecesario. Por eso, nos debemos a nosotros mismos la oportunidad de devolver la Santidad de Vida al terreno de lo creíble, de lo posible y lo comprensible; al terreno de lo humano. Rescatarla del campo categórico de la moral privada; del campo de lo extraordinario. Descubrirla, de nuevo, como experiencia concreta y cotidiana, deseo profundo del ser humano, vocación última, construcción diaria. Santidad verdaderamente libertadora. Una experiencia profundamente humana El primer paso posiblemente sea el de reconciliarnos con nuestra humanidad y con las limitaciones y potencialidades que en ella conviven. Hemos ensalzado siempre la Santidad incuestionable y virtuosa de unos pocos como un modo de denunciar la supuesta mediocridad de todos. Esta imagen de la santidad nos ha alienado porque se nos presenta como una invitación para superar aquello que, simplemente, profundamente, somos. Y por ser eso imposible y absurdo, termina siendo también, para la mayoría de nosotros, indiferente. Es necesario, por tanto, hacer el camino al contrario. Precisamos reencontrarnos con nuestra humanidad más profunda como aquella que es nuestra esencia y vocación. Nuestra naturaleza humana que es donde conviven nuestros límites con nuestra capacidad de transformar la historia; nuestra pobreza con nuestra posibilidad de darnos. Redescubrir nuestra humanidad como el único espacio donde la Santidad de Vida, de hecho, acontece. O no. Este reencuentro nos permite ver en nuestra condición humana el lugar donde nace nuestra capacidad de sentir, soñar, de creer y de amar; de esperar y perseverar. Vivir intensamente estas capacidades, teniendo como horizonte el otro, es lo que hace de nuestra vida algo amable, santo. Es la experiencia del padre o la madre que segura al hijo la que le muestra el alcance del amor y la entrega; es la certeza del otro como hermano la que sustenta dedicar una vida al sueño de la fraternidad; es la indignación delante de la injusticia la que nos permite luchar; es la capacidad de sentir profundamente la que nos abre a la esfera de lo espiritual, de lo Otro. Nuestra humanidad es obra de Dios, imagen y semejanza suya, expresión y Palabra del Dios que optó por montar su tienda en medio de nosotros. Es en esa nuestra humanidad donde Dios se hace también posible, creíble y amable, donde Dios se manifiesta y, por tanto, liberta. Leonardo Boff decía que “Jesús Cristo era tan humano, tan humano, tan humano, que sólo podía ser divino”. Esta es, por tanto, la propuesta: vivir profundamente nuestra humanidad, con su dimensión libertadora, para poder encarnar la llamada a la plenitud. Humanidad libertadora e libertada La imagen que construimos tradicionalmente de nuestra condición humana como realidad imperfecta nos impide descubrirla en esta dimensión libertadora. Libertadora porque nos liberta de los miedos, de las desesperanzas, de la indiferencia y de todo aquello que restringe y limita nuestra capacidad de amar. Hay tres elementos que pueden ayudarnos a contemplar y asumir esta dimensión libertadora: a) La vivencia de la TRANSPARENCIA en nuestra vida Transparencia, que no es lo mismo que sin mancha. No es tanto una cualidad moral individual, sino una cualidad de cómo vivimos nuestras relaciones. Ser transparente conmigo mismo, con el otro y con el Otro significa vivir esas tres relaciones con autenticidad. Cuando tengo alguna cosa a esconder en alguna de esas tres relaciones, cuando no consigo mirar-me o mirar al otro/Otro a los ojos, no estoy dejando que mi ser humano me liberte y me dé plenitud. Cada uno de nosotros reconocemos en qué momentos y situaciones no conseguimos ser transparentes, limpios de corazón, y sabemos cómo eso nos aliena a nuestros propios límites. b) La fuerza de la RADICALIDAD Fuimos construyendo una imagen negativa de la radicalidad como extremismo incapaz de dialogar o de abrirse a lo nuevo, lo que nos dificulta descubrir el valor que se encierra en esa experiencia. Vivir la radicalidad es ser consciente de tener raíces, y que esas raíces son las que alimentan mi vida, mis relaciones, mis opciones y mis sueños. Cuáles son esas raíces es algo que cada uno debe descubrir, pero ellas son sanas cuando nos abren al otro. Nos permiten sentirnos firmes y serenos y nos fortalecen en los momentos de dificultades. La radicalidad nos liberta de la desesperanza, del cansancio, del vaivén de los tiempos, del sin sentido, y nos recuerda siempre que hay un proyecto de vida para mí, para nosotros, para el mundo todo. c) La alegría de la FIDELIDAD Es curioso que muchas veces definimos la Santidad de Vida como un camino de renuncias, de sacrificios, y no como un camino construido a través de opciones positivas. Es necesario mudar esa concepción, porque ella nos lleva al individualismo y a la negatividad, a la lógica del mérito y del premio, mientras oculta el hecho de que nuestras opciones son decisiones de vida que nos hacen felices. Se trata de dar un paso significativo de la ascética a la mística; del sacrificio a la vida vivida profundamente, libremente, en positivo. Y ahí es donde podemos vivir sanamente la fidelidad. No es esencialmente fidelidad a la ley, sino al espíritu y a la opción que da sentido a la ley, a la norma, al voto. La fidelidad se construye en referencia a ese proyecto de vida, para nosotros y para los otros. Recreamos continuamente la fidelidad al sueño por un mundo más fraterno; por relaciones más auténticas; por la justicia y el derecho; por la comunidad frente al individualismo; por el diálogo; por la vida profunda. Fidelidad a la utopía del Reino, ya presente, ya real. Desde el lugar de los pobres La mirada humana a ese proyecto de vida y de libertad debe enfrentar, necesariamente, la realidad de empobrecimiento, injusticia y violencia que sufren hoy millones de personas y centenas de pueblos. Realidad de sufrimiento concreta e histórica, reproducida y reconstruida hoy por las dinámicas del sistema social, político y económico que vivimos, que adolecemos. La afirmación del proyecto neoliberal como único camino posible y lógico en nuestros días remite al hombre y a la mujer a la imposibilidad de vivir plenamente el proyecto humano. No hay, pues, hoy, cómo pensar la santidad de vida si no es a partir de esta realidad. Porque el mayor desafío desde el punto de vista antropológico, social, político, religioso, ético y cultural es la realidad de los pobres y de su exclusión. No hay proyecto de vida plena y libre fuera de la opción radical (en el sentido aquí trabajado) por los pobres, por la superación de la pobreza, del egoísmo y del neoliberalismo como expresión histórica del proyecto de muerte. Santidad, entonces, es militancia por otra realidad y por otras relaciones. Para los cristianos, esta opción es profundamente teológica y cristológica, porque se enraíza en la presencia de un Dios que “escucha el clamor” y de un Cristo Resucitado, empobrecido en su condición divina, solidario con los últimos de su tiempo. Hablar de santidad fuera de este desafío de descalzarse y asumir la humildad y la pobreza para, desde ahí, asumir la causa de los pobres, sería deshumanizar, una vez más, ese proyecto de liberación. En palabras de Dom Pedro Casaldáliga, el sendero es “No tener nada, no llevar nada / no pedir nada, no poder nada / y de pasada, no matar nada / no callar nada. Solamente el Evangelio / como una faca afilada / y el llanto y la risa en la mirada. Y este mar y estos ríos / y esta tierra soñada / para testigos de la revolución ya estallada. Y mais nada”. En lo cotidiano Hasta aquí hemos propuesto asumir la Santidad de Vida como un proyecto viable, creíble, a partir de una reconciliación con nuestra humanidad plena y la de los otros, como espacio donde poder amar, sentir, creer y soñar. Esta reconciliación nos permite ver nuestra humanidad como el lugar donde poder experimentar la transparencia, la radicalidad y la fidelidad al proyecto de vida para todos, principalmente para los más pobres. Esta humanidad tiene su lógica en la vivencia de lo cotidiano. La santidad de vida no es la expresión de grandes momentos, o de virtudes especiales; es la capacidad de hacer extraordinario lo ordinario, lo cotidiano. La capacidad de sentirnos constructores de un Reino, ya presente, pero moldeado en cada esquina, en cada servicio, en cada relación, en cada compromiso; recreado en cada mañana, cada encuentro, cada jornada. Se trata de descubrir la presencia constante de Dios en el cotidiano de nuestra vida y de nuestras opciones, para poder comprender al mismo tiempo nuestras ilusiones y nuestros cansancios, nuestras esperanzas y nuestras angustias, nuestras conquistas y nuestras derrotas, como parte de un único camino que sólo puede llevarnos a la Vida, conscientes de que la última palabra es de la Palabra. ¿Qué es lo que nos preocupa? Recuperar la riqueza y la fuerza de lo cotidiano no siempre se consigue con momentos o tiempos especiales, días dedicados o bienios temáticos. Cuando recurrimos a estas opciones, muchas veces nos mueve por detrás alguna preocupación y la necesidad de hacer algo de concreto para resolver un problema que creemos que existe y que es importante. Cuando nos proponemos, como familia misionera que inicia su segundo siglo de vida y misión, trabajar lo específico de este bienio de la santidad de vida, es honesto preguntarnos qué es lo que nos preocupa. Allamano colocó en el centro de su propuesta la llamada a la santidad de vida, antes incluso que a la vida misionera. Aún así, nuestras comunidades, como cualquier otro grupo humano, testimonian casos de personas con graves dificultades, de problemas de relaciones que impiden el sueño de la fraternidad, de la comunidad. Hay proyectos misioneros novedosos y proféticos que se escurren, al final, en las dificultades de las relaciones humanas o en la intransigencia de unos pocos. Nos escondemos en la actividad misionera (que no vida misionera) y nos olvidamos del primer llamado. No creo que haya, sin embargo, crisis de santidad. En todo caso hay crisis de humanidad y de utopías. Eso si, y es ahí donde debemos trabajar. Crisis de humanidad porque dejamos de ser transparentes con nosotros mismos, con los otros y con el Otro; porque abandonamos nuestra raíz y porque terminamos abrazando la infidelidad al proyecto de vida, al proyecto de Dios. Esa crisis de humanidad y de utopías nos lleva a una vida no completa que se expresa a través de muchos y diversos rostros: desánimo, cansancio; indiferencia delante de la realidad y sus desafios; falta de apuesta por la comunidad como profecía; vivencia del individualismo, el parroquianismo y el clericalismo; rupturas y desarraigos personales serios y profundos; frustraciones y vacíos; la responsabilidad confiada vivida como poder, y no como servicio; resistencias para modificar nuestro estilo de trabajo o para dar espacio al otro; pérdida de la capacidad de indignación delante de las injusticias; apatía delante de las luchas de los pobres; incapacidad para ver lo nuevo, lo novedoso, lo sorprendente. Estos rostros son parte de nuestra realidad. Claro que no son la única realidad. Junto a ellos, persisten y se multiplican también los testimonios de generosidad, de entrega, de profetismo y de comunión. Pero es en esas situaciones de dolor y de sufrimiento donde debemos renovar y redescubrir nuestra humanidad como posibilidad, como fuerza, para encarnar aquella propuesta de José Allamano. “Antes santos que misioneros”
Antes hombres y mujeres plenos; antes hombres y mujeres libres; antes, personas de esperanza; antes, constructores de comunidad; antes, portadores de sueños y utopías; antes, seguidores del Resucitado; antes, seres que aman sin límites; antes, personas que optan, en positivo, libremente; antes, luchadores por la justicia; antes, hombres y mujeres profundos; antes, vidas del lado de los pobres. Y después, y por todo eso, misioneros. Luis Ventura. Laico Misionero de la Consolata |
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