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Santidad y comunión PDF Stampa E-mail
Scritto da P. Manuel Grau San Andrés, imc   
Estamos viviendo un tiempo particular para profundizar en el tema de la santidad de vida como horizonte último y como fuente de nuestra vida de misioneros. Un recorrido completo por las vías que llevan a la santidad de vida, no puede prescindir de una de las dimensiones esenciales de este proyecto que llamamos de consagrados por Dios para la misión, “en comunión de vida”, en fraternidad verdadera y en unidad de intentos.

En nuestra tradición IMC hemos hablado siempre de espíritu de familia, herencia preciosa del Fundador, que intuía y estaba convencido del significado de una verdadera fraternidad para crecer humana y espiritualmente en la misión, llegando a ser verdaderos apóstoles. Los comienzos de nuestro trabajo misionero en Kenya acuñaron el término “unidad de intentos” como expresión operativa y apostólica de un espíritu de familia traducido en el campo concreto de misión.

La reflexión más reciente del Instituto ha hecho familiar entre nosotros el término y la práctica del proyecto comunitario de vida, expresión de un espíritu y de un método para vivir la fraternidad en el momento presente de una manera significativa y fecunda. Si todo esto es verdad, cuando reflexionamos y profundizamos el tema de la santidad vivida en la misión, o mejor, de la misión vivida en la “santidad de vida” (Const. 5), no podemos dejar de lado la vida fraterna, porque también según las Constituciones, nuestra actividad misionera se desarrolla con el espíritu y el método de la comunión (Const. 26).

Comparto algunas reflexiones, no demasiado sistemáticas y ordenadas, que desde nuestra realidad, hecha de luces y sombras, quieren ir a entrever como la santidad y la misión no son mas que la humilde y agradecida participación a la vida y obra de un Dios que es comunión de amor

¿Una vida fraterna que no encuentra su lugar?

Creo que todos, mas o menos, hemos vivido, gracias a Dios, experiencias positivas y significativas de fraternidad, de amistad apostólica y de camino de fe, de vida y de apostolado compartido. Todos conocemos casos de misioneros atentos al otro, delicados y acogedores en la comunidad, verdaderos creadores de comunión en torno a ellos. Todos los que todavía conservamos una utopía y un sueño en nuestro corazón hemos sido tocados y marcados por una experiencia de vida fraterna en algún momento de nuestro itinerario personal y apostólico. La utopía y el sueño de cada uno de nosotros no se habrían fraguado sin la atmósfera y el contexto de una verdadera fraternidad . Incluso en situaciones de una cierta frustración comunitaria, de aridez y de soledad, el recuerdo de una amistad o la palabra, dicha a distancia, de un compañero nos han servido para continuar nuestro camino en medio de muchas dificultades. Esta es, seguramente, la experiencia de muchos misioneros, experiencia tal vez poco reflexionada pero sin duda presente.

Hablando , pues, de fraternidad, podríamos preguntarnos qué es lo que nos falta y qué es lo que nos sobra para que la llamada vida comunitaria no sea, como lo es a veces, la “cenicienta” de nuestra vida misionera. La vida fraterna queda casi siempre sometida a todos los programas de trabajo más elaborados, cuando los hay. Con frecuencia es instrumentalizada por quienes quisieran una vida organizada en función de deseos y de necesidades individuales, aun con la apariencia de celo apostólico. Sucede que, a veces, las palabras ya no significan nada y en el término “comunidad” o “vida comunitaria”, entra absolutamente todo y todo se justifica, porque ya no sabemos llamar a las cosas por su nombre. Con frecuencia también, los cambios frecuentes de personas hacen que experiencias comunitarias significativas, cuando las hay, desaparezcan o comiencen continuamente de cero.

Las lecturas de la realidad que hacen nuestros Capítulos Generales y las diversas instancias del Instituto nos dicen que el esfuerzo hecho desde hace años promoviendo el proyecto comunitario de vida y la “comunión para la misión” se ha quedado corto y no ha producido los frutos deseados. Cuando falla la fraternidad, el mismo camino de santidad se diluye o está seriamente comprometido. Si en el pasado todo el lenguaje y los contenidos del tema de la santidad tenían un acento marcadamente individualista y personal, hoy la antropología y la reflexión teológica y espiritual nos dicen que esos caminos no llevan a ninguna parte. Si en nuestro crecimiento como personas, en nuestro camino de fe y en nuestra trayectoria pastoral y apostólica no estamos sostenidos por una realidad fraterna mínimamente significativa, corremos seriamente el riesgo de afanarnos en vano y de hacer en gran parte estéril lo que tanto concentra nuestra atención y nuestros esfuerzos: nuestra actividad misionera y apostólica.

La lectura de nuestra realidad podría llevarnos lejos y podría abundar en tonos pesimistas. Basta decir que nos sobra individualismo, superficialidad y activismo. Nos falta, en cambio, capacidad de confrontarnos sinceramente los unos con los otros en el marco de una fraternidad mínimamente verdadera, dejarnos interpelar, enriquecer y enseñar los unos por los otros. Nos falta sacar todo el fruto de un método, el del proyecto comunitario de vida, que no es otra cosa que una verdadera pedagogía de la “comunión para la misión”. Y nos falta sacar, especialmente, todo el fruto de dos instrumentos preciosos que contiene este camino de comunión: la revisión de vida y la corrección fraterna. Instrumentos ampliamente ilustrados en el Instituto en los últimos años y ampliamente inutilizados. Por una parte, dejamos de lado todos estos medios para crecer en una fraternidad que es camino de santidad. Por otra parte, seguimos muy ocupados en una actividad de marcado carácter individualista que, en el mejor de los casos, es fruto de una programación común, pero que no se somete a ningún discernimiento comunitario. La fraternidad, como mucho, es una buena experiencia de compañerismo o incluso de amistad, pero que, probablemente, la misión, con todo su vértigo de actividad y de urgencias ha perdido por el camino. Sucede con frecuencia que la vida comunitaria quede relegada al ámbito de las cosas que soportamos o vivimos por rutina. Con mucha frecuencia es vista como una serie de prácticas de oración, algunos horarios comunes y algún encuentro mas o menos formal que si se puede evitar es mejor. La fraternidad vivida con un mínimo de cualidad parece ser, para muchos, un peso que la misión se lleva detrás y que, a la hora de la verdad, no sabemos bien dónde colocar y qué frutos puede aportarnos.

A veces, cuando se expresan estos argumentos en torno a la comunidad es fácil sentir el reproche de que se es demasiado idealista, de que hay que ser realistas y aceptar la realidad con sus límites. Esta sería solo exigencia lógica de madurez. Pero lo que, a mi modo de ver, está en discusión es cuales son los presupuestos mínimos para que una vida de unas personas que viven bajo el mismo techo cumpliendo una serie de actividades apostólicas, puede llamarse comunidad o fraternidad. Llega un momento en que las palabras no dicen absolutamente nada. En la práctica, en demasiados casos, hemos aceptado pacíficamente que la comunidad no existe o es imposible, prescindiendo, de hecho, de esta dimensión tan importante de nuestra vida. Al final es más fácil adaptarse a la mediocridad general del ambiente. Pero si esta es una buena parte de nuestra realidad, ¿podemos todavía hablar de una manera verdadera y significativa de santidad de vida y de comunión para la misión?

No podemos olvidar los casos de deterioro humano y espiritual, de abandono y de pérdida de la propia identidad vocacional y del sentido de pertenencia. Manteniendo la primacía de la responsabilidad personal, estos casos son también fruto de años de aislamiento, donde la persona ha sido dejada a sí misma, y no ha encontrado siempre, o a veces ha evitado, el clima fraterno, sano y verdadero que le permite afrontar positivamente sus dificultades.

Santidad, experiencia de Dios-comunión

Y, volviendo al concepto de santidad de donde hemos comenzado, tenemos que decir, para evitar reduccionismos y malentendidos, que hay que recuperar el concepto de santidad con toda su riqueza teologal, pero también antropológica. De la santidad, en el lenguaje y forma de razonar más corriente entre nosotros, hay una idea muy elevada, tan elevada como abstracta y lejana dela realidad cotidiana y práctica. Todos hemos aprendido rápidamente lo de “primero santos y después misioneros” para después conservarlo como una especie de elemento decorativo que nosirve de mucho en la práctica Tradicionalmente el concepto de santidad hacía referencia al camino de perfección individual, hecho de vida interior, celo y ascesis. Pero hoy, hablar de misión “en la santidad de la vida” (cf. Const. 5) es hablar de la experiencia vivida de encuentro con un Dios-comunión que nos transforma y nos hace, a su vez, instrumentos y creadores de comunión. La apertura del horizonte teológico y espiritual nos dice que la santidad es la participación misma de la vida de Dios que se nos ha hecho cercano en Jesucristo, invitándonos a compartir su misma intimidad de amor y a servir su mismo proyecto. Dios quiere alcanzar la vida y el corazón de cada hombre, transformando no solo a las personas sino toda la realidad social e histórica para hacer de este mundo Reino de Dios. La misión es el movimiento de Dios que se vuelve hacia el mundo, objeto de su amor y su complacencia, para ser todo en todos, transformándolo a imagen de su Hijo Amado por la acción del Espíritu Santo (cf Ef 1, 3-14)

Dios nos destina, pues, a ser santos e irreprochables en su presencia por el amor, a imagen de Jesús, por obra del Espíritu. Aquí se encierra todo el misterio de la santidad cristiana: comunión con Dios, identificación con Cristo, apertura al Espíritu, respuesta en la totalidad de la vida para ser alabanza de su gloria. La santidad es don de Dios, comunicación gratuita de su vida y llamada a ser, en la vida concreta, respuesta y expresión de ese amor con una conducta irreprochable (cf. Col. 3,12-17; 1 Tes. 4,3-8; 2 Cor. 6,16-7,1)

Santidad personal, que toca a la persona en todas sus dimensiones y que de ella exige una totalidad de respuesta. Toda acción o compromiso que no tenga raíces profundas en la persona no dura, no es eficaz, no hace Iglesia, ni misión, y no tiene incidencia histórica. Santidad que es experiencia de la gracia como origen y fuente de nuestro ser, encuentro gratuito con Jesucristo, obra del Espíritu en nosotros. Al mismo tiempo, la santidad tiene una dimensión moral que toca la conducta de la persona, que exige conversión y ascesis, atención y perseverancia, apertura en verdad a la acción de Dios, en un dinamismo de conversión. La santidad es comunión con Cristo, configuración con El, acogida de una iniciativa de amor que toma posesión de nosotros y nos destina a dar frutos (cf. Jn. 15,16) El centro de todo dinamismo de santidad es la persona de Cristo y la comunión con El en el ejercicio de las virtudes teologales. Si no es así estamos siguiendo un modelo de autoperfección, tal vez muy exigente y elevado éticamente, pero en el que el centro es todavía el yo. En este caso no se está libre de la complacencia autosuficiente de la propia perfección. Santidad no es igual a perfección, es proceso, camino de transformación en Cristo y de servicio al Reino.

Santidad, hoy mas que nunca, histórica, vivida en las realidades de la historia y de los hombres, en las que se descubre incesantemente el querer y el proyecto de Dios. Nunca como ahora, el compromiso cristiano de santidad ha estado tan vinculado a la urgencia de justicia y de paz, a la solidaridad con los pobres, a la promoción de una vida digna y a la transformación del mundo a imagen del Reino de Dios.

Santidad profundamente eclesial, horizonte que el Concilio Vaticano II pone a todo camino de respuesta a la llamada de Dios. Todo don de Dios, toda respuesta del hombre, toda vocación y compromiso de vida hacen Iglesia y hacen misión. Todo dinamismo de santidad, fe, esperanza y amor, nos conduce a un misterio de comunión que tiene su origen en Dios-Trinidad, es la fuente de la vida de la Iglesia-comunión, y se extiende, en la misión, a la totalidad de los hombres. Iglesia pueblo de Dios, obra e imagen de Dios Trinidad, Cuerpo de Cristo, en misión permanente para encontrar a los hombres e invitarlos a entrar en este misterio de santidad, comunión y vida nueva. Es este el marco de toda santidad personal. Todo es don de Dios y todo lo hacemos en respuesta a su amor para edificación del Cuerpo de Cristo (cf. Ef. 4,1-6).

La misión, antes que actividad, es participación a una corriente de vida que regenera y salva. Todo lo que no sea participar a esta gran obra de comunión y de transformación del hombre y del mundo por gracia de Dios, es una reducción de la misión a pura actividad. Así es fácil apropiarse de ella, hacerla instrumento de autorrealización y hasta de poder. Cualquier pretendido camino de santidad que nos lleve fuera de una participación humilde en este gran proyecto de amor y de comunión, es una santidad sin base y desconectada de su verdadera fuente y de su verdadera finalidad. La misión es obra de comunión, porque es amor mismo en acto. La santidad es obra de comunión porque en nuestro crecimiento personal como discípulos de Jesús e hijos de Dios, el Espíritu Santo realiza en nosotros y entre nosotros la comunión que es Dios-amor.

Un lugar para la vida fraterna

¿Será verdad que la comunidad tiene, para nosotros un significado puramente funcional y organizativo? ¿Será verdad que nuestro vivir en fraternidad no incide demasiado o para nada en nuestro camino de fe y de santidad? ¿Será verdad que ante la urgencia y la prioridad de la misión, la vida fraterna, “en espíritu de familia”, se vuelve insignificante? Quizás necesitamos volver a leer con más atención y profundidad la Palabra e Dios, releer también nuestra propia historia y carisma a la luz del momento presente, de nuestros logros y fracasos. Deberíamos también reflexionar sobre el porqué no encontramos fácilmente los caminos del futuro.

Los Evangelios testimonian abundantemente cómo el seguimiento de Jesús y la misión a la que El inicia y envía a los suyos requieren un modo de vida fraterno. Este modelo ha estado abierto luego, en la práctica, y a lo largo de la historia, a una diversidad de expresiones y formas. El texto tan conocido de Marcos puede iluminar nuestra reflexión (cf Mc 3,13-18) Jesús llama por nombre, forma un grupo de discípulos para estar con El y para enviarlos a predicar. Estar con Jesús, seguirlo, ser enviados con poderes para luchar contra el mal que destruye a los hombres y anunciando el Reino de Dios, tiene como presupuesto la formación de un grupo llamado a ser comunidad fraterna. Jesús no reúne solamente por motivos funcionales u organizativos, el “estar” es presupuesto y condición del “hacer” y del “ir”. Se es enviado y, al mismo tiempo, se “permanece” con Jesús. Los apóstoles van y.vienen, significativamente de dos en dos, se separan para volver a encontrarse y compartir con Jesús y entre ellos las vicisitudes de la misión. Hay en las enseñanzas de Jesús a los discípulos una “dinámica comunitaria”: pedagogía del servicio y del hacerse pequeños (cf. Lc 9, 46-48), oración en común y corrección fraterna (cf. Mt 18, 15-20) Jesús reúne personas dispares que , seguramente, no se habrían elegido nunca entre ellas por ningún tipo de afinidad. La razón del estar juntos es solo El y el servicio a la misión y al Reino.

El discipulado y la misión crean comunidad en torno a Jesús. Una comunidad convocada por El (cf. Mc. 3,13-14), no reunida por la fuerza de la carne o de la sangre, sino por su llamada que genera una forma de vida nueva: No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca (Jn. 15,16). Comunidad fundada en el amor con que Jesús ha amado a los suyos (cf. Jn. 13,34), y que se convierte en el signo distintivo por el que se reconocerán sus discípulos: En esto conocerán que sois discípulos míos, si os tenéis amor los unos a los otros (Jn. 13,35). El signo del amor fraterno hace de la comunidad un sacramento del amor de Cristo hacia todos los hombres. El testimonio del amor y de la unidad, experiencia de comunión, que es participación de la misma comunión entre el Padre y el Hijo, es parte constitutiva de la misión. No hay misión verdadera que no nazca de la comunión trinitaria, que se hace visible en la Iglesia y en la fraternidad de quienes son enviados por ella. Es una comunión que se ensancha hasta abarcar a toda la humanidad. Es esta la gran perspectiva de la oración "sacerdotal" de Jesús (cf. Jn 17,1-26) Es la oración por la misión, para que todos los hombres entren en el conocimiento y en el amor del Padre, para que el pequeño grupo de discípulos viva la unidad, sea consagrado y santificado en la palabra de la verdad. Oración para que los discípulos sepan estar en el mundo sin ser del mundo, fuertes contra las tentaciones, fuertes, sobre todo, en la unidad de la comunión y del amor: Padre Santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.(Jn. 17,11). Oración también para que todos los hombres entren en la gran familia de los creyentes, para que den el máximo testimonio de amor para que el mundo crea.

La comunidad religiosa y misionera tiene una primera dimensión de gracia. Es el lugar donde se acoge la presencia de Jesús que llama, reúne y envía. Espacio donde el Espíritu reparte sus dones para la Iglesia y para la misión. Ámbito de identificación en torno a valores carismáticos y modos de vivir el Evangelio y de percibir la llamada del Señor. Identificación carismática y teologal que hay que rehacer y revivir continuamente si no se quiere que la comunidad sea el simple soporte organizativo o institucional de las obras apostólicas o de la misión. Personas identificadas en una comunidad identificada. En todo tipo de comunidad, dentro también de la diversidad carismática, debe destacar en primer plano la presencia de Dios, profesada sensiblemente como centro de toda la existencia. Coherente con esta prioridad de Dios en la vida y en la misión, elabora un estilo de vida concentrado en lo esencial, transparente y sobrio. La comunidad, y menos todavía la comunidad apostólica, no vive centrada sobre sí misma, sino polarizada en Dios y en la misión, en los valores del Reino y en el discernimiento común de lo que Dios quiere. Por todo esto, la comunidad es, ante todo, un misterio que ha de ser contemplado y acogido con un corazón agradecido. De aquí la experiencia de comunidad orante, que escucha la palabra, que celebra, que discierne. Hay, en nuestro estilo de vida comunitaria un cierto “pudor” a compartir nuestra vida de fe, nuestra experiencia de Dios y de las cosas de Dios. La oración, cuando la hay, es, con frecuencia, formal e impersonal. No siempre aparece evidente que el origen de nuestro estar juntos nos remite a un misterio. Alguien nos ha llamado, nos ha reunido, nos ha enviado, nos ha repartido sus dones y nos ha hecho responsables los unos de los otros. Es Alguien es el Santo por excelencia, que invita a ser santos con El

La comunidad es el lugar donde se llega a ser hermanos. Toda la dimensión de consistencia humana, de crecimiento personal, encuentra aquí su espacio privilegiado. La vida fraterna se convierte en una tarea que es respuesta al don de Dios y que requiere un trabajo constante y laborioso, una inevitable ascética. El proceso de liberación interior va paralelo con la construcción de la fraternidad. Todo esto no viene espontáneamente, la fraternidad no se basa solo en los deseos, en la necesidad de afecto y de calor humano. Crecer en la comunión supone salir de sí mismo, saber afrontar la propia fragilidad y la de los demás, saber recrear una unidad siempre frágil. La comunidad verdadera no es un grupo o ambiente falsamente protector. En su dinámica de relaciones interpersonales, debe ser como un espejo que ayuda a cada persona a tener una imagen verdadera de sí misma. Todo esto pone a prueba no solo las raíces espirituales y carismáticas de la vida fraterna, sino también los valores humanos que fundan las relaciones interpersonales. Hoy, la necesidad de una verdadera comunicación se hace más urgente. El activismo, la pura funcionalidad de la comunidad, el poner en primer lugar la propia autorealización, todo ello amenaza una comunicación sincera y genera aislamiento e individualismo. Una comunidad verdadera, que no es la comunidad ideal, sino aquella donde se vive con verdad, con sinceridad y con realismo, es la mejor ayuda para que cada persona crezca y despliegue sus mejores energías al servicio de la misión. La revisión de vida, la corrección fraterna, el diálogo interpersonal, son instrumentos que hay que saber valorar para que la persona y la comunidad, juntas, sirvan a la misión. Este aspecto de la comunidad, como todos los demás, hay que construirlo conscientemente y hacerlo objeto de una opción cuando se elabora un proyecto de vida. Es quizás la dimensión que tenía más presente el Fundador cuando hablaba de espíritu de familia.

La comunidad es el lugar y sujeto de la misión. Hace falta sentir la fraternidad como un valor que forma parte de la misión para que esta no se convierta precisamente en causa de la disgregación del proyecto comunitario y en fuente del individualismo más absoluto. La comunión realiza la misión, la misión es camino hacia la comunión. Es un misterio del que la fraternidad misionera se hace signo e instrumento. Esto significa, en la práctica, encontrar una forma de vida fraterna y de apostolado en donde ambas realidades se ayuden mutuamente. El misionero, aun cuando se encuentra solo en un ámbito de trabajo pastoral o misionero, actúa siempre sostenido y alimentado por el espíritu de comunión. La fraternidad es misión y es parte de un proyecto misionero, no es una realidad que entorpece, es el lugar de realización de una misión que nace de la comunión con Dios y con los hermanos y que lleva a una comunión todavía más intensa con los hombres a los que se anuncia el Evangelio. La misión vivida y realizada “en el espíritu y el método de la comunión” significa que nuestra experiencia comunitaria se proyecta, se alarga y se alimenta a su vez del esfuerzo por crear comunión a todos los niveles que debe caracterizar nuestro estilo de misión. Comunión con los pobres y últimos, primeros destinatarios de nuestra misión, comunión con las otras fuerzas pastorales, comunión con la Iglesia local, comunión con las personas de buena voluntad que aun desde opciones lejanas a la fe trabajan y construyen también Reino de Dios.

Sucede, sin embargo, que en la tarea misionera, la fraternidad no es con frecuencia un signo visible y que da cualidad. Parece mas bien que el apostolado, por las condiciones concretas de la misión, sea casi una continua causa de dispersión, de ausencias y de dificultades para dar expresión real a una fraternidad auténtica. No pocas veces, la poca humanidad y el poco testimonio fraterno es causa de escándalo para quien nos ve como “hombres de Dios” Creer y querer que la comunión cualifique el proyecto misionero supone opciones muy concretas y también exigentes, supone creatividad y flexibilidad, convicción y fe. El sentido de comunión y de fraternidad está presente aun cuando, a veces, la misión exige períodos mas o menos prolongados de soledad.

En la comunidad se madura el proyecto apostólico, se sostiene a las personas en su quehacer, se disciernen los caminos de Dios en la misión. Volvemos de nuevo a la tradición de la “unidad de intentos”, tan significativa en nuestros comienzos y al “espíritu de cuerpo”, tan ligado a la obediencia y a la disponibilidad, cualidades todas ampliamente subrayadas por el Fundador. Es aquí donde el sentido de comunión y fraternidad aportan a nuestras opciones operativas y pastorales el estilo y el espíritu que las hace expresión de amor y servicio al Reino.

Este es nuestro modo de ser santos. Difícilmente lo seremos en el servicio a la misión y al Reino, si no estamos fundados y arraigados en una verdadera comunión, que, desde Dios-comunión de amor nos proyecta y nos modela para ser misioneros e instrumentos de comunión en un mundo roto y dividido por el mal y el pecado de los hombres. Hay pues un lugar para la comunidad en un camino de “misión en la santidad de la vida” que es, en definitiva, expresión de un gran misterio de amor.
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