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Hablar De S. Pablo es hablar de un tema inagotable. Lo primero que me ha venido a la mente pensando en escribir estas líneas es la fuerza y la centralidad de su relación con Jesucristo como una de las claves que explican toda su experiencia espiritual y su aventura apostólica, integrando en esta relación dificultades, fragilidades y fatigas. Una dimensión que me parece enormemente actual y necesaria para nosotros.
La sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor (Flp 3,8)
No cabe duda de que la fuente de la que nace todo el camino evangelizador de Pablo es su encuentro con Jesús, que se le manifestó en el camino de Damasco. Una experiencia tan determinante que aparece hasta tres veces en el libro de los Hechos (Hch 9,1-19. 22,1-16. 26,12-18) Un encuentro que él mismo llama “revelación” y que se produce por gracia de Dios (Ga 1,15-16) Es Jesús mismo quien le sale al encuentro. No se trata del fruto de una larga reflexión, ni de una consecuencia de su saber teológico, capacidades que después sabrá utilizar muy bien para fundamentar su mensaje y su actividad apostólica. El encuentro con Jesús suscita en Pablo dos preguntas: ¿Quien eres, Señor? Y ¿Qué quieres que haga? El conocimiento de Jesús y la obediencia de fe a su llamada están en la base de toda su trayectoria misionera posterior. Es esta experiencia la que constituye el corazón de su mensaje evangelizador y la esencia de su visión del misterio cristiano: Ser justificados por la fe en Cristo Jesús, comprender cual es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad y conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento (cf Ef 3,18-19) Es la persona de Jesús la que desencadena en él un proceso que lo lleva a poner en discusión todo lo que para Pablo eran valores y elementos en los que afirmarse (cf Flp 3,7-14). Es Jesús quien desmonta sus esquemas religiosos de perfección y de obras buenas, de pertenencia étnica, y le descubre un horizonte absolutamente nuevo. Pablo, el hombre formado en lo mejor de la teología judía, en la más estricta observancia de la Ley, y, al mismo tiempo, ciudadano romano e impregnado de la cultura griega, se queda ciego, deslumbrado por Cristo Jesús y tiene que dejarse guiar con humildad por simples creyentes como Ananías que le ayudan a abrir de nuevo los ojos a una nueva realidad (cf Hch 9,10-19) Para Pablo, la experiencia más determinante y fundante para el creyente es la que él mismo vivió: Haber hecho en Cristo Jesús la experiencia del amor absoluto de Dios por los hombres y de la aceptación de ese amor ( cf Ef 2,4-10) Es lo que él llamará después la justificación, y el existir como hombres nuevos sabiendo que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8,31-39)
Reveló en mí a su Hijo para que lo anunciase a los gentiles (Ga 1,16)
Encuentro con Jesús y llamada al anuncio misionero entre los gentiles se identifican en la conciencia de Pablo, aunque estas palabras cubran, de hecho, un camino laborioso de años (cf Ga 1,15-16) También la llamada de los gentiles a la fe es para él una revelación que acoge con agradecimiento (cf Ef 3,1-12) La centralidad de Cristo, fruto de su experiencia personal es el corazón de su mensaje, presentado con coraje y de una forma absolutamente contracorriente frente a las pretensiones de sabiduría humana o de signos y prodigios: Pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso (1Co 2,2-3) Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1 Co 1,23) La gratuidad con la que Pablo se ha sentido salvado y amado por Cristo Jesús hace que en su anuncio misionero se sienta simplemente un enviado llevando un mensaje que él también ha recibido y que no le pertenece ( 1Co 15,3. 1Co 9,15-18) El mensaje es Jesucristo, y la vida nueva que nace de una existencia “en Cristo Jesús”. El mensaje es la posibilidad de una salvación absolutamente gratuita y acogida en la fe. Pablo es consciente de ser vasija de barro pero portador de un tesoro (cf 2Co 4,7-18) Su mensaje es la nueva experiencia de libertad asociada a la fe en Jesús y que él defenderá con pasión frente a todos los intentos de volver a la mentalidad y a las prácticas de la ley (cf Ga 1,6-10) Pablo presenta el mensaje sin subterfugios, pero haciéndose todo a todos (cf 1Co 9,19-23) Vive su misión con sentimientos maternos que son simplemente traducción de su personalidad transformada por Jesús (cf 1Ts 2,8-11)
Continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo (Flp 3,12)
De la novedad de su nueva vida en Cristo nace una energía interior que lo hace capaz de “correr” para alcanzar a Cristo, dominar su cuerpo, integrar todas las solicitaciones que lo llevan lejos del camino que Jesús le indica. Su fe apasionada hace que todas las dificultades y debilidades experimentadas a lo largo de su trayectoria apostólica se conviertan en una fuente de gracia y de fortaleza. La figura de Pablo pone de manifiesto que en el camino de la evangelización, que él compara con una carrera en el estadio para obtener un premio, hay que mantener una tensión ascética (cf 1Co 9,24-27) Hay que estar atento a no dar golpes en el vacío, hay que tratar duramente el propio cuerpo, hay que correr, pero no sin objetivo y sin una meta clara. Todo esto para no quedar descalificados mientras se enseña y se anuncia el mensaje a los otros. Esa carrera que consiste, en definitiva, en “alcanzar a Cristo” es consecuencia de “haber sido alcanzado por El” (cf Flp 3,12-14) La ascesis de Pablo, su sana tensión interior para alcanzar a Cristo se realiza todo ella en los caminos de sus vicisitudes apostólicas, de sus sufrimientos y fatigas que se convierten en motivo de gloria (cf 2Co 11,21-33) Pero el ejercicio más radical con el que Pablo crece en la experiencia de Jesús como gracia es el de la aceptación de su propia debilidad, la “espina” en su carne que lo obliga a aceptarse y a abandonarse a la gracia y a la fuerza de Dios: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza”. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues cuando estoy débil es cuando soy fuerte (2Co 12,7-10)
Energía, amor, celo
Con estas tres palabras resume el Beato Allamano lo mejor de la ejemplaridad de Pablo para nosotros, misioneros (cf VS 808-811) Relación personal con Jesús, existencia nueva “en Cristo”, celo y pasión por el anuncio del Evangelio de Jesús, vigilancia y energía para llevar adelante nuestros compromisos de servicio a la misión “en la santidad de la vida” (Const. 5) Y todo esto para no quedar descalificados. Del amor apasionado a Jesucristo nace el celo por comunicarlo y compartirlo con los otros. El amor apasionado y el celo duran en el tiempo y generan algo positivo cuando están alimentados y sostenidos por una voluntad fuerte y perseverante, alimentada por una energía que ayuda a mantenerse en el camino emprendido.
En un momento en que muchos elementos de nuestra vida misionera están fuertemente puestos en discusión y cuando entre nosotros se percibe la dificultad de redefinir tantos aspectos de nuestra vocación, necesitamos volver a la fuente genuina de la que hemos nacido. No siempre en nuestro incesante ir y venir reflejamos el haber sido tocados por la persona de Jesús, en una relación cultivada y colocada como centro cotidiano de todo lo que somos y de todo lo que hacemos. Dejando que esta relación se enfríe nos hacemos también nosotros tibios, ni fríos ni calientes. Olvidando la centralidad de Dios en la misión nos apropiamos en cierto modo de ella y la convertimos en un proyecto nuestro, a nuestra medida, a la medida de nuestros deseos y necesidades. Así aparece la autoafirmación, y la experiencia de lo gratuito de Dios, también en medio de nuestra fragilidad y pecado, desaparece. Es fácil convertirse así en operadores de otras causas donde la gracia cuenta poco o nada, la autorealización está más al alcance de la mano. Entonces el celo se invierte en otras cosas y la energía que sostiene nuestra voluntad nos lleva detrás de otras muchas voces que nos solicitan.
Amor, energía, celo. Si no estamos atentos podemos quedar descalificados. Si no estamos atentos, la misión se nos diluye entre las manos. Seguiremos preguntándonos qué hacer para ser significativos cuando lo que importa es preguntarnos ante todo qué queremos ser, como queremos vivir. Pablo nos dice con su vida que la misión es una fuente incesante de gracia cuando se vive como amor apasionado a Jesús y como amor apasionado a los demás, haciéndoles partícipes de la gracia que está transformado nuestras vidas. Tal vez con la humildad a la que nos invita el Fundador hablando de S. Pablo tengamos también nosotros que preguntarnos: ¿Quien eres Señor? ¿Qué quieres que haga?
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